Poema para otro aniversario
(fragmento)

...Yo, Juan Antonio Corretjer Montes de 65 años
de edad en 1973, pasado por desazones y traiciones,
penalidades y combates y
retrocesos y hambres,
jamás humillado, jamás herido ni aplazado,
atreviéndome siempre sencillamente a ser quién soy,
tal y como me lo aconsejó una tarde en Atenas olímpica
el más eminente de mis antepasados;
a mí, griego de Ciales,
africano de Loíza Aldea,
romano de Lares, catalán de La Jagua,
puertorriqueño desde Fajardo a Cabo Rojo
y comunista hasta sentir la tierra en que nací como si fuese una
hermana dolida ultrajada, violada, anbandonada, dejada
de la mano de Dios, tan triste que me obliga
a matar sin sentir odio ni ganas de matar;
a morirme del deseo de ver a todos
los obreros del mundo unidos y triunfantes.
Y a vivir, vivir, querer vivir
para vengar a Van Troi traicionado,
para combatir junto a Toño y a Manuel,
luchar junto a los que tienen dieciocho años,
hasta clavar el último dólar contra el paredón de Jayuya
y llegándome hasta la tumba de Albizu
— Ya está hecho viejo, decirle. —


(de Aguinaldo Escarlata, 1974)

 

“Me lo dejé todo…”

Por seguir la estrella
ahora me despido,
con mucha tristeza
¡ Dios te salve lirio!

Me lo dejé todo
en la lejanía.
Hasta a la poesía
le di con el codo,
viviéndola a modo
de trueno o centella.
La mañana bella
me encontró despierto
y hasta hubiera muerto
¡ por seguir la estrella!

En el horizonte
otra vez asoma.
Me voy a la loma.
Me vuelvo a mi monte.
Pues soy el sinsonte
que siempre yo he sido.
Canto al estallido
de un tiro en la palma.
Lo llevo en el alma…
Ahora me despido.

La flor del destino
la llevo en la oreja
y es flor que no deja
torcer el camino.
Yo soy peregrino
por roca y maleza.
De una sola pieza
me hicieron de ausubo.
La cuchilla subo
con mucha tristeza.

¿ Qué será en el mundo
lo que va a pasar?
¿Qué me hace la mar
si en ella me hundo?
Siento en lo más profundo,
como ardiente cirio,
ajeno martirio.
La pluma quemaba
y el libro se acaba.
¡ Dios te salve, lirio!

(de Yerba Bruja)

 

XII Calabozo

He aquí mi pie tan corto que no anda.
He aquí mi mano que no tiene sombra.
He aquí mi labio que ni besa o nombra.
He aquí mi voz que sueña y que no manda.

(Bello alhelí que mi pasión agranda,
voy hacia ti, mi mano ya te ensombra,
mi labio ya te besa, ya te asombra,
mi voz en la caricia te demanda.)

He aquí frente sin sol, palidecida,
y corazón que late sin latido,
floja vena sin piel, vida sin vida.

(Pensamiento triunfal no detenido,
el corazón, entre la mano erguida,
levantas sobre el muro, florecido.)

 

Coplas para Betances

Quiero dejar a Betances
unas coplas callejeras.
Pero no al Betances libro
si no a Betances pedrea.

Canto al Betances que es mío
como gallo de pelea,
el pico en sangre enemiga
y las espuelas sangrientas.

Betances el que una vez
vimos rompiendo vidrieras
jefeando los muchachos
por las calles de Río Piedras.

De amor triste y valorado
más que por la prima muerta
por nuestra Antonia Martínez
con la pistola cerrera
a dos marineros yankis
los dejó en una cuneta.

Viejo más macho que cien
y más que barbas vergüenza
otros cien años después
volvió en marzo a la reyerta
y se llevó por delante
al Chalecón de la Fuerza.

Este Betances de ahora
es el que es la gloria nuestra.
Fuego en la Base Muñiz
y Jefe en Sabana Seca.

Aquí dejo por Betances
estas coplas callejeras.
¡ Viva Betances de ahora
de ahora y de lo que venga!

 

Boricua en la luna

Desde las ondas del mar
que son besos a su orilla,
una mujer de Aguadilla
vino a New York a cantar
pero no sólo a llorar
un largo llanto y morir.
De ese llanto yo nací
como en la lluvia una fiera.
Y vivo en la larga espera
de cobrar lo que perdí.

Por un cielo que se hacía
más feo mas más volaba
a Nueva York se acercaba
un peón de Las Marías.
Con la esperanza, decía,
de un largo día volver.
Pero antes me hizo nacer
y de tanto trabajar
se quedó sin regresar:
reventó en un taller.

De una lágrima soy hijo
y soy hijo del sudor
y fue mi abuelo el amor
ú nico en mi regocijo
del recuerdo siempre fijo
en aquel cristal de llanto
como quimera en el canto
de un Puerto Rico de ensueño
y yo soy puertorriqueño,
sin ná, pero sin quebranto.

Y el echón que me desmienta
que se ande muy derecho
no sea en lo más estrecho
de un zaguán pague la afrenta.
Pues según alguien me cuenta:
dicen que la luna es una
sea del mar o sea montuna.
Y así le grito al villano:
yo sería borincano
aunque naciera en la luna.

 

Aquél nunca pensado pensamiento

Aquél nunca pensado pensamiento
puesto jamás en cosa o ser alguno,
aquél nunca sentido sentimiento
cuya cuerda vibrara por ninguno.

Es otro del querer del movimiento
que no ha querido ni querer ser uno,
en cero siendo todo y nada en uno,
todo vivido por presentimiento.

¿En qué crisol aquél futuro modo?
¿De qué emoción será lo aún no sentido?
¿Cómo habrá de ascender lo no movido?

¿Transformará la rosa el denso lodo?
Aquella forma de lo presentido
¿es algo? ¿nada? ¿siempre? ¿nunca? ¿todo?

No me podréis borrar lo que he pensado
ni quitarme podréis lo ya sentido,
ni despojarme de lo que he querido
ni robarme podréis lo que he soñado.

¡ Atrás! ¡demonio de lo no frustrado!
pues un día ha de ser lo no sido
e ideado será lo no ideado
y conocido lo desconocido.

¿ Si sueños son los días y los años
y hasta nosotros mismos somos sueños!
las alegrías y los desengaños,

grises de otoño, verdes abrileños
sueños son, las verdades, los engaños,
¡ y aún nuestros propios sueños son ensueños!


(de: Quieto en mi isla voy)

 

Desahogo

No tengo casa y me mato
haciendo casas de otro.
No tengo casa y me mato
haciendo casas de otro…
Llega el guardia y me detiene
por cuatro estacas que pongo
en una tierra que es de nadie
que no lo es: —es de todos.—
Muy temprano, aun la noche
como una sombra, en el fondo,
el caño escucha mi canto
y acoge mi desahogo:
— Bello, digo al sol, si crece
pintando el caño de rojo
Fresca el agua en la que mojo
mi cara cuando amanece.
Pero el patrono que mece
en su sillón de oro y plata
la sangre que me arrebata
con la casa que no habito,
a ese le grito ¡maldito!
desde mi rancho de lata.

 

Distancias

Cuando me dijo el corazón: —Afuera,
frente a la reja carcelaria espera
inútilmente verte tu Consuelo,
pensé...
eso que piensa aquel que la mirada
tiene hundida en la noche de la nada
y quiere ver el cielo.

Cuando la larga ausencia
llenó con su presencia
en inhóspitas playas extranjeras
un recuerdo de infancia
(esa extraña fragancia
que suave exhalan las nocturnas eras,

o aquel manso ruido
de la avecilla que abandona el nido,
bien de la hoja al árbol desprendida,
bien del viento en los sauces del camino
o del riachuelo el paso peregrino
entre la suave arena ennegrecida,

o ese fantasma del presentimiento
que nos llega en el viento
y nos hace mirar por la ventana,
cual si un alerta el corazon sintiera
y sintiendo pudiera
ver escrita en la noche la mañana).

mi corazón solía
gozar la epifanía
de las cosas lejanas muy cercanas
beber su poesía
y no sufrir la fría
soledad de las cosas tan lejanas

¡ Suertes que juega el ágil rapacillo
al corazón sencillo
que sabe amar humilde y bravamente!
¡ Nunca estaré yo preso
en enemigas manos, tan opreso
que no aspire mi pecho libremente,

e ilumine lo obscuro
y salte sobre el muro
y al campo de mi patria raudo vuele
adonde monte el potro la lomada
y en la flor rociada
el zumbador revuele!

Mas, he aquí la muralla,
la reja, la metralla
sin alma que vigila
entre su espera inútil a la puerta
y mi rabia despierta
que hacia una fútil decisión oscila!

Nunca ocurriera al pensamiento antes
que las cosas distantes
habiendo estado otrora tan cercanas,
el dulce bien amado
tan cerca de mi lado
forzáranlo a distancias tan lejanas!

Cierto que a este presente
no remedia lo ausente
dulce imaginación que el bien augura
y a la distancia aspira suave esencia.
No cura esta dolencia
"sino con tu presencia y tu figura”.

Estas distancias de ahora:
esa ametralladora,
el kaki sudoroso
el fusil recostado
y hasta el sol recortado
y a ración como bálsamo precioso,
injurias son que al corazón invitan
llaman y solicitan
hasta la irracional temperatura.
Pero a mi fe triunfante
sostiene lo que amante
tu persona a la puerta transfigura.

Y esto pienso esta noche en La Princesa:
La lucha nunca cesa.
La vida es lucha toda
por obtener la libertad ansiada.
Lo demás es la nada
es superficie, es moda.

Patria es saber los ríos,
los valles, las montañas, los bohíos,
los pájaros, las plantas y las flores,
los caminos del monte y la llanura,
las aguas y los picos de la altura,
las sombras, los colores

con que pinta el oriente
y con que se despinta el occidente,
los sabores del agua y de la tierra,
los múltiples aromas
las hierbas y las lomas
y en la noche que aterra

el trueno que retumba en la negrura,
penetrar la espesura,
ver como en un relámpago la senda,
y de un trago apurado
el soplo de huracán, entusiasmado
reconocer las bestias de la hacienda.

— La Patria es la hermosura
con que yergue su mágica escultura
la letra, el libro, el verso,
y, vestida de gloria
verla cruzar la historia
hasta la plenitud del Universo.

— Tomar su cardiograma
y ver cómo le inflama
la salud los rubores.
Besarle su bandera,
soñarle su quimera,
amarle sus amores.
— Pero en la dura prueba
cuando la Patria abreva
de nuestra propia vida en la corriente:
la Patria estremecida
que lleva por coraza nuestra vida;
esa Patria exigente

que impone su silencio o su palabra.
y con sus manos labra,
en la sangrienta masa de dolores
a golpes de centella
la forma de una estrella,
un canto de fulgores,

cierto momento, un día
tras la muralla fría
de la prisión, un preso
meditará ese juego de distancia
entre su muda estancia
y el cercano embeleso

que al corazón le dice: —Afuera,
junto a la reja carcelaria espera
inútilmente verte tu Consuelo—
Y siente como aquel que la mirada
tiene hundida en la noche de la nada
y quiere ver el cielo.

Cárcel de La Princesa, 1951

 

Mamá Blanca y el Cardenal

No fue, Mamá Blanca, no fue
a solas por tu manto persa de regia lana
que te llamamos Mamá Blanca.
Gatita cariñosa. Desde el principio
un natural elemento de magia
vino contigo. Llegaste —Ayuburí lo quiso—
por unas brujas palabras
telefónicas. Y de ese modo
empezaste como irreal cosas de extraño mundo.
Luego, muy pronto, casi recién llegada
—¿ lo recuerdas, Ayuburí? Hace ahora
sólo tu infancia—
te enroscaste a dormir
— gramatical y sabia—
sobre Sopena. Y casi al otro día
te llamó, mientras
tus uñas delicadas, secretariales,
pasaban sin rasgarlas, sobre sus páginas,
te llamó por tu nombre Doña
Teresa, la venelozana.
Eras llena de gracia, Mamá Blanca, llena
de esa gracia suprarreal
como siempre saliente del reposo,
camino del cincel o la paleta.
Cariñosa, dabas amor y exigías que te amaran.
No hay policías, ni jueces, ni fiscales,
con democracia y todo, cargados,
como burros hambrientos, de colonia,
capaces de entender esta ley del amor
que es la suprema
ley entre nosotros los animales
que nos amamos los unos a los otros.
Nos separaron un día —un día de junio, 1971,— de esos
a los que multiplican las horas sin salario,
les eclipsan los soles, les roban
las estrellas y la luna posible,
fundiéndolo todo indefinidamente
hasta un boleto
que pasa los cerrojos.
Quedaste atrás Mamá Blanca en la casita
bajo los árboles de Guaynabo.
No te faltó el agua, no te faltó la sal.
Nada te faltó. Sólo nosotros.
Y desapareciste en el encantamiento
misterioso del recuerdo.
Jamás te volví a ver
hasta anoche. Súbitamente
rozaste tu hociquito tembloroso
bajo mis párpados. Eras tú, Mamá Blanca,
qué alegría. Volviste
a acurrucarte sobre mis piernas,
alzaste la cabecita soñadora.
Y se cumplió mi profecía.
Cuántas veces rieron de ella
mis sabios amigos poetas.
Solamente Ayuburí, por ser mi hija, tuvo
fe en mi sabiduría y en Mamá Blanca,
solamente Ayuburí. Alzaste
la cabecita hacia mí, Mamá Blanca,
ternura en la mirada y otra
transparente ternura en las
orejitas de pétalos rosa.
Pues como lo predije así ocurrió.
Hablaste.
" Ya lo sabes. Lo que sueñas
un día otro sucede". Esas
fueron tus primeras palabras,
esas fueron. Hablamos
largo rato. Y todo
un día y otro, había sido
de mejor en mejor, hasta
que apareció el primer beato.
— Hombre de poca fe ¿por qué te asustas?—
mi compasión le dijo. Pero ese
día empezó la persecución. En papel
sanitario se halla escrito.
Perseguirán lo extraordinario, sólo
lo ordinario es noticia.
Con los dientes pelados
lo ha dicho el Cardenal:
— Todos los gatos que hablan
deben morir. Excomunión
para todos los que, sabiendo
de alguno no lo informe
a nuestro teléfono 343-2020.—
¿ Qué será de ti, Mamá Blanca?
Tiemblo por tu vida, gatita cariñosa.
Calla. No hables Mamá Blanca. Mas
¿ quién te hace callar, Picoreta?
Ya vienen por ti. Los chotas ladran.
Pero Mamá Blanca ríe. Y en riendo
me dice adiós, desaparece
en mi vigilia, se esconde
en mis ojos abiertos.

—¡ Las perdiste, Eminencia!—

 

Oubao Moin
(río de sangre)

El río de Corozal, el de la leyenda dorada,
La corriente arrastra oro. La corriente está ensangrentada.
El río Manatuabón tiene la leyenda dorada.
La corriente arrastra oro. La corriente está ensangrentada.
El río Cibuco escribe su nombre con letra dorada.
La corriente arrastra oro. La corriente está ensangrentada.
Allí se inventó un criadero. Allí el quinto se pagaba.
La tierra era de oro. La tierra está ensangrentada.
En donde hundió la arboleda su raíz en tierra dorada
allí las ramas chorrearan sangre. La arboleda está ensangrentada.
Donde dobló la frente india, bien sea tierra, bien sea agua,
bajo el peso de la cadena, entre los hierros de la ergástula,
allí la tierra hiede a sangre y el agua está ensangrentada.
Donde el negro quebró sus hombros, bien sea tierra o bien sea agua,
y su cuerpo marcó el carimbo y abrió el látigo su espalda,
allí la tierra hiede a sangre y el agua está ensangrentada.
Donde el blanco pobre ha sufrido los horrores de la peonada,
bajo el machete del mayoral y la libreta de jornada
y el abuso del señorito, allí sea tierra o allí sea agua,
allí la tierra está maldita y corre el agua envenenada.

Gloria a esas manos aborígenes porque trabajaban.
Gloria a esas manos negras porque trabajaban.
Gloria a esas manos blancas porque trabajaban.

De entre esas manos indias, negras, blancas,
de entre esas manos nos salió la patria.
Gloria a las manos que la mina excavaran.
Gloria a las manos que el ganado cuidaran.
Gloria a las manos que el tabaco, que la caña y el café sembraran.
Gloria a las manos que los pastos talaran.
Gloria a las manos que los bosques clarearan.
Gloria a las manos que los ríos y los caños y los mares bogaran.
Gloria a las manos que los caminos trabajaran.
Gloria a las manos que las casas levantaran.
Gloria a las manos que las ruedas giraran.
Gloria a las manos que las carretas y los coches llevaran.
Gloria a las manos que a mulas y caballos ensillaran y desensillaran.
Gloria a las manos que los hatos de cabras pastaran.
Gloria a las manos que cuidaron las piaras.
Gloria a las manos que las gallinas, los pavos y los patos criaran.
Gloria a todas las manos de todos los hombres y mujeres que trabajaran
porque ellas la patria amasaran.
Y gloria a las manos, a todas la manos que hoy trabajan
porque ellas construyen y saldrá de ellas la nueva patria liberada!
¡ La patria de todas la manos que trabajan!
Para ellas y para su patria, ¡alabanza! ¡alabanza!

(De Alabanza en la torre de Ciales, 1950)

 

En las aguas del Inabón, el nombre

Si yo nacer quisiera,
de nuevo si pudiera
escoger mi nombre y apellido,
Inabón prefiriera,
Inabón Yunes fuera
mi nombre libremente decidido.

Estar claro,
por propia condición ser transparente;
pasar sencillamente
cerca del amor de la paisana gente;
discurrir sin reparo,
correr, saltar sobre la roca
o reposar sobre la linda arena;

siendo la fuerza que choca
salvar, no destruir; no en pena
detenido quedar puro remanso;
bien ser arroyo manso,
más rebasar en el desbordamiento
que arastra y que fecunda
e ir a la mar como un derramamiento
de la tierra profunda:
¿ se ha de clamar que conozco esa ciencia?
¿ o acaso no ha corrido
—¡ fuente de mi conciencia!—
mi caudal por mi cauce preferido?

Mas si fuese Inabón, mi transparencia,
mi sencillez, mi fuerza, mi reposo,
no fueran jubiloso
beso de sol en sombras de mi mente,
ni impulso generoso
hecho de antaños en mi sangre ardiente.

Entonces, Inabón yo, naciendo
de mí mismo, y corriendo
desde la nube al mar, uno sería:
uno lloviendo sobre la montaña,
uno manándole en la entraña,
uno por monte y llano
y uno también vertido al oceano:
fuerte, claro, fluente,
con el vigor, la claridad, la fluencia
de mí mismo inconsciente.

 

Andando de noche sola

¡Qué triste es una paloma
cantando al oscurecer!
¡Más triste es una mujer
andando de noche sola!
(De una décima jíbara)

Al caer de monte en monte
el lindo manto del día
y ya en la azul lejanía
liquidarse el horizonte;
cuando al vuelo del sinsonte
se ha enternecido la loma
y la dulce luna asoma:
cercana al canto del río
y oída desde el bohío
¡qué triste es una paloma!

Por la vereda sombría
habiendo dejado el llanto
en la paz del camposanto,
hasta la ‘cienda volvía.
Una sequedad me hacía,
en el largo atardecer,
el ansia de fenecer;
y esa soledad que espanta
un lazo por la garganta,
cantando al oscurecer!

Duele mucho, mucho y hondo,
esto que esamos mirando.
El mundo se está salvando
y nosotros tocando fondo.
Mientras más la voz ahondo
más fiera vibra en mi ser,
pues si es duro en cárcel ver
mi frente que no ha pecado,
más triste es mirar al lado:
más triste es una mujer.

Cuando en traje de sudores
te miro sin compañía,
pesado el fardo y sin guía
en un ciclón de rencores:
incendios son mis amores
a los que el canto se inmola
como en llamas de amapola
—¡ay patria! ¡por suerte viva
y por desgracia cautiva,
andando de noche sola!

5 de noviembre de 1950

(de Yerba Bruja)

 

Protesta

Protesto, vida, protesto,
pues en llegado lo bueno,
siempre lo mejor asoma
sonsacándome el deseo.
Vida que traes a una mano
el vaso de vida lleno
y en la otra traes el cáliz
con la sangre y el veneno:
pues uno de los dos sobra
¡protesto, vida, protesto!

Habiendo vivir querido
en un humilde aposento
junto al árbol de mi aldea
desconocido y contento,
con una llama latente
porque me encendiste el pecho
me arrastraron a un camino
de ir, pero sin regreso.
Y pues la llama no es
tan grande como la quiero,
tan bella, tan luz, tan ella
¡ protesto, vida, protesto!
Porque no quiere la muerte
venir conmigo a un encuentro
a la hora en que yo diga
y poniendo yo los términos;
aunque la escupo en la cara
y a contestar la requiero,
vida, tengo que decirlo:
¡ protesto, vida, protesto!

Mas si tanta muerte hay
siempre más que vida hay tiempo.
Ahora y para mañana
¡ protesto, vida, protesto!

 


 
 

 
índice índice poesía/prosa