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4. ASÍ HABLABAN LOS BOHIQUES
5. LA MúSICA EN LA POESíA EN CORRETJER

Juan Antonio Corretjer y la independencia de Puerto Rico

Del periódico cubano Carteles, 1936.

No creemos necesario presentar a Juan Antonio Corretjer. En Cuba debe ser bien recordado. Hace varios años, cuando todavía padecíamos la odiosa dictadura machadista, tuvo este muchacho valiente y sincero la audacia de visitarnos y la temeridad de hablar, desde la Prensa, en artículos y entrevistas, de derechos y libertades, abogando por la independencia de su país y movilizando la opinión pública en favor de su ideal; todo lo cual le valió pasar varios meses de prisión en el Principe.

En la actualidad, Corretjer es uno de los pilares más fuertes del nacionalismo puertorriqueño. Al lado de su jefe, don Pedro Albizu Campos, y como secretario general del Partido Nacionalista, libra las batallas más rudas en pro de la independencia de Puerto Rico. Su actividad es múltiple: dirige el periódico La Palabra, portavoz de la causa nacionalista, atiende y sirve al partido, organiza mítines, escribe, habla, estudia, investiga, viaja para dar a conocer al mundo la situación de su país, trabaja y está siempre junto al oprimido y junto al débil tendiéndole una mano.

Pero su labor no se reduce sólo a luchar por la causa independentista. Corretjer es ante todo un idealista y como todo idealista, sincero enamorado de la paz y la fraternidad universal. Para él la independencia de Puerto Rico no es más que un medio de acercarse a un ideal de mayores proporciones: la justicia y el amor a la humanidad.

Cuando se le habla de estas cosas, los ojos verdes de Corretjer relampaguean con un brillo extraño y dice: “Comprendo que el nacionalismo es hoy la causa directa de casi todos los males y discordias que padece el mundo; lo ideal sería destruirlo, estableciendo un orden de cosas que de paso solucionara los problemas que él plantea. Pero actualmente eso no es posible, porque la lucha nacionalista es tan intensa en todas partes, que el país que no defienda sus fronteras y sus derechos corre el peligro inminente de perecer aplastado por la fuerza de las metrópolis”.

La personalidad de Juan Antonio Corretjer es atractiva y conquistadora a fuerza de ser sencilla, simpática, cordial, franca u optimista. Cuando se le trata por primera vez, parece que se le conoce de siempre porque su palabra fluye en todo momento sin reserva y sus conceptos sin oscuridades.

Su figura es una rúbrica a su carácter; más bien alto, fornido, fuerte, ancho, curtido por el aire y el sol, macizo, como un roble que resistiera las más rudas tempestades, siempre afable. Cubre su labio superior un pequeño y bien cuidado bigote que no alcanza a disimular nunca su eterna sonrisa.


Cuando llegamos a la cárcel del distrito de San Juan, donde actualmente Corretjer con un grupo de compañeros de ideales cumple prisión por “delitos” políticos, Juan Antonio es de las primeras personas que se acercan a saludarnos con su sempiterna sonrisa en los labios, y los ojos verdes relampagueantes de alegría. Observamos que es el único, entre todos los prisioneros, que viste traje de presidiario, traje que él lleva con gran soltura e indiferencia. Alguien a nuestro lado murmura: –Más que un preso de verdad, parece un actor a punto de salir en escena.

Luego de las presentaciones de rigor, logramos aislarnos en un rincón del amplio salón de visitas atestado de familiares y amigos que han venido a abrazar a los presos políticos. Nuestra conversación comienza recordando la accidentada estancía de Corretjer en La Habana. Tiene Juan Antonio un recuerdo cariñoso para todos los cubanos y en particular para el poeta Juan Marinello, la primera persona por quien pregunta y por la que parece sentir especial estimación y afecto.

Cuando se entera de nuestro propósito, –conocer para CARTELES su opinión sobre el movimiento independentista de Puerto Rico, y las causas que, según los nacionalistas lo motivan, –se apresta en el acto a complacernos y comienza diciendo:

– Tres puntos capitales imperativamente cabe tratar en torno a la independencia de Puerto Rico. Primero: por qué es necesaria, fuera de todo academicismo retrasado o todo romanticismo revolucionario, la independencia de Puerto Rico. Segundo: por qué existe oposición a la independencia de Puerto Rico. Tercero: cómo será la independencia de Puerto Rico.
Tratemos de hacernos claros y precisos en los tres puntos en la brevedad de estas palabras, dichas si ambición y si vanidad, con propósito de servicio a la causa misma de la emancipación puertorriqueña.

Primero: es cierto que la independencia de Puerto Rico no es cosa discutible. No es tampoco materia de propaganda. Es un derecho inalienable, indiscutible. ¿Por qué? Los barcos de Colón vinieron acá hace cuatro siglos. Vino la conquista. Vino la colonización. Vino la plasmación de un pueblo, de una nacionalidad. Tres razas mezcláronse libremente, retoñando en la fruta madura de un pueblo nuevo. Unidad de territorio, de sangre, de idioma, de religión, de cultura. Un criterio nacional entrañose en la matriz abierta de la colonia. Ese criterio adquirió pronto beligerancia polémica. De la palabra se pasó a los hechos. Los puertorriqueños enfrentáronse a los españoles con las armas en la mano. En San Juan, a pricipio del siglo XIX, y en otros puntos luego. En Lares, el 23 de septiembre de 68, proclamóse la República. Otros movimientos frustráneos surgieron más tarde. Meses antes de la invasión norteamericana, en el 98, un grupo de patriotas daba el grito de independencia en Yauco.

El 25 de julio del 98, –continúa diciendo Corretjer mientras enciende un cigarrillo, – los norteamericanos desembarcaron por Guánica. Deslumbrados por la propaganda y por el prestigio democrático de que disfrutaba la república norteña, la mayoría de los puertorriqueños creyó que, al igual que Cuba, Puerto Rico pasaría a constituirse en república libre, independiente y soberana. Pronto habría de verse cosa distintas. El Gobierno autonómico cedido por España fue obligado a renunciar y un Gobierno militar lo sustituyó.

El nacionalismo puertorriqueño iba a entrar en una lucha de nuevos aspectos.

La lucha contra España habiase fundado en un puro concepto de la nacionalidad, en una conciencia de edad mayoritaria. En política, como en literatura, éramos transidamente románticos. Pero la razón misma, acaso, de que la lucha armada contra España no encontrase el endoso mayoritario de los puertorriqueños, fincábase quizás en la florescencia económica del país: Puerto Rico era rico no sólo de nombre, sino de hecho. Frente a la invasión norteamericana las cosas iban a cambiar de ángulo. Tras la proclamación hipócrita de Miles, Wáshington ordenó el canje monetario. En el traspaso de nuestra riqueza a moneda de los Estados Unidos, los puertorriqueños perdieron el cuarenta por ciento de sus valores, recibiendo el sesenta por ciento remanente no en oro, sino en papel moneda. De un solo golpe, el pueblo entero fue desposeído de un cuarenta por ciento de su riqueza total. Después, por treintiocho años, un gobierno militar, responsable únicamente ante Wáshington, ha barrido la economía puertorriqueña con un sistema de latifunfio, absentismo y sabotaje. Prácticamente, la isla ha sido convertida en un ingenio, arrojados sus habitantes a los caminos y a los bateyes. El desempleo es feroz: el tipo contributivo, el más alto del mundo. Para dar una medida de lo que la ambición metropolitana puede en habilidad impiadosa, es bueno hacer una aclaración. En estas angustiosas condiciones económicas, Puerto Rico sostiene un peso contributivo montante a $62,000,000. Sin embargo, el presupuesto insular sólo monta a $14,000,000, a pesar de que el peso contributivo radica exclusivamente sobre el pequeño propietario nativo y sobre el obrero, en forma de contribuciones sobre el consumo. Siendo el segundo mercado de los Estados Unidos en América y su sexto mercado en el mundo. Puerto Rico no recibe un centavo por derechos de Aduana. Los intereses corporacionistas norteamericanos están exentos del pago de contribuciones. La invasión norteamericana se ha caracterizado por el aumento epidémico, pese a toda la decantada sanidad al uso. Es claro: lo que hay es hambre. Cuando un hombre tiene hambre hasta un rayo de sol lo fulmina.

Las colonias existen para ser explotadas. Quizas pudiera tolerarse –abriendo un cordial paréntesis para la estupidez política– que existieran hombres hace años que pensaran que los Estados Unidos enviaran sus marinos a Puerto Rico para hacer de esta isla el nuevo paraíso terrenal. Hoy ninguna mente sensata puede pensarlo. Actualmente lo que hay en Puerto Rico es hambre, explotación, miseria, muerte. Sólo la independencia salvará a este país de una catástrofe segura.

Veamos el segundo punto: Es cierto. Existe oposición a la independencia de Puerto Rico. Esta oposición se enfrenta al nacionalismo. Tiene dinero, medios de propaganda: es el Imperio. La oposición a la independencia de Puerto Rico es el Gobierno de los Estados Unidos. Su maquinaria es sutil o violenta, según las circunstancias. Se llama sermón religioso, o se llama masacre. Pero su forma más habitual es el partidismo político. En esta isla existen partidos políticos. Unos en nombre de la anexión, otros en nombre de la independencia, son enemigos de la independencia. Los primeros con la ilusión de un anexionismo fracasado; los otros, con el retraso de la independencia. Son espectros políticos alimentados de jugosas canongías, divorciados del pueblo, mayorías ficticias vaciadas en las urnas del ejército y de la policía; verbos del latifundio absentista y de la explotación inicua. En realidad es un solo partido, el de los azucareros apoyados por el Gobierno, asumiendo la representación de un pueblo que no los quiere porque ama, con el ardor con que se ama una esperanza única, la independencia de su patria.

La razón de esa oposición –añade Juan Antonio Corretjer, mientras se borra por unos instantes la sonrisa de sus labios,– es fácil determinarla: es la razón del despotismo extranjero representativo de intereses norteamericanos. Es claro: la independencia significa la liquidación del latifundio, la supresión del absentismo, la ruptura del monopolio, el fin de la explotación, la redención del pueblo, la creación de un estado con el más necesitado por tipo standard de preocupación gubernativa. Es fácil suponer que no puede estar en la gran masa del pueblo puertorriqueño la oposición a la independencia.

Por último tratemos el tercer punto: La independencia, la República, será como la quiera el pueblo puertorriqueño. La Asamblea Constituyente de la República debe reunirse sin demora. Los intereses natos del pueblo todo deben tener en ella la más fecunda representación. El pueblo se dará su gobierno. El partido nacionalista ha sido el animador, el guiador hacia la Constituyente. Termina en la Constituyente. Su historia brillante de ejecutor de la libertad no se manchará con una imposición constitucional. Abrigando en su seno libertador los más distintos criterios, –es un movimiento de frente unido– dejará a la Constituyente la determinación definitiva de nuestro pliego constitucional.

Juan Antonio Corretjer ha dicho esto, seguro y sereno, sin titubeos, sin interrupciones y sin estridencias. Su palabra ha fluido en todo momento fácil y precisa, y sus conceptos diáfanos y exactos, tanto como acompaña a sus gestos la moderación y la sobriedad.

Es preciso que nos despidamos. Quedan pocos minutos de visita y tenemos que entrevistar a don Pedro Albizu Campos, que nos espera. Le tendemos las manos a Corretjer. Pero él nos dice rápidamente:

– Espere un momento. Quiero, si usted me hace el favor, que lleve este mensaje a los cubanos.

Se sienta en una rústica mesa de madera y escribe las líneas que aparecen con esta entrevista. En ellas van enteros el espíritu y la recia personalidad de este valeroso muchacho que se llama Juan Antonio Corretjer.

Mensaje a los Cubanos
En cierto sentido he realizado un matrimonio imperial, porque en Cuba me llevaron a El Príncipe, y acá me han encerrado en la "Princesa". Pero, ¿la libertad de los hombres, no vale acaso la libertad –y la vida– de un hombre?
Saludos a mis compañeros de Cuba y del mundo.
Juan Antonio Corretjer
30 de agosto, 1936

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Ejecución del coronel Riggs
La ejecución revolucionaria del jefe norteamericano de la policía colonial coronel E. Francis Riggs es el hecho que parte en dos la historia de nuestras relaciones imperialista-coloniales. Es por lo tanto el de mayores consecuencias para la lucha independentista. El momento de viraje en el proceso revolucionario de los años 30. Desde este punto de vista me le aproximo en este trabajo.

Lo primero en señalarse es la reacción de Albizu Campos frente al hecho.

Hagamos un poco de historia. El 24 de octubre de 1935 se produce la Masacre de Río Piedras. Esta es hija de la manipulación que Riggs, experto en intrigas a estilo CIA, hizo del “independentismo” del Partido Liberal. Fueron estudiantes universitarios de la llamada Juventud Universitaria Liberal los que la manipulación policíaca movió para organizar la asamblea que tratará en vano de declarar a Albizu Campos persona no grata al estudiantado.

La verdad histórica es que en esa ocasión Albizu hizo lo imposible por evitar lo inevitable. Mientras Juan Juarbe y Juarbe era designado para estar en la asamblea, Albizu ordenó a este escritor que localizara a Ramón S. Pagán, Secretario de Trabajo del Partido, y evitara comunicándole su mandato que no se personara en Río Piedras.

Una situación como ésta no se improvisa. Ocurría dentro de un marco de intriga policíaca dirigida por Riggs y que había penetrado hasta el tuétano en la buena fe de varios nacionalistas en lo que ahora llamamos Zona Metropolitana. Una campaña de difamación sin precedente en la política puertorriqueña, se había cebado contra Albizu. Esta penetró como he dicho hasta la buena fe de algunos nacionalistas influyentes dentro del partido. (Dejo sin decir que junto a los de buena fe estarían obligatoriamente los agazapados transmisores de lo que desde afuera se tiraba contra el partido.)

La noticia había llegado a Albizu de que dentro del partido mismo se conspiraba para asesinarlo. Se tocó fibra muy sensitiva en Albizu, pero la purga producida por la información no pasó de tocar a las personas envueltas en la campaña de difamación.

Por desgracia, en la prueba acerca del proyectado asesinato aparecía envuelto Ramón S. Pagán. Pero Pagán mismo había comunicado a Albizu la celebración de una reunión entre los descontentos. Ante las fieras acusaciones hechas contra Albizu (seductor, ladrón, vividor, paranoico que llevaba el partido a su ruina) Pagán se levantó (es su relato) y dijo que si tales acusaciones eran ciertas, matar a Albizu era una obligación patriótica. Ante su estupefacción, sus palabras fueron recibidas con aprobación.

Pagán había ratificado esta declaración en la reunión conjunta de la Junta Nacional con los presidentes y secretarios de las juntas municipales que formuló las expulsiones.

Albizu previó que de no tomarse precauciones en la primera provocación seria de que el partido fuese objeto matarían a Pagán. De ahí que a las primeras nubes de borrasca en la Universidad, y conociendo a Pagán, me encargase evitar que éste se presentara a Río Piedras. Acompañado de Agustín Pizarro, uno de mis inseparables compañeros, me dirigí inmediatamente a las oficinas de Ochoa Fertilizer en Hato Rey en las que Pagán trabajaba. Pagán se había ausentado poco antes pretextando que su presencia era urgente en su hogar. Esto no era extraordinario. Con relativa frecuencia Pagán se ausentaba de la oficina en horas de trabajo. Dada la altísima consideración en que se le tenía, nunca se le llamó la atención. Yo lo sabía; por lo cual sin dejar de preocuparme corrí a su casa. Había estado y salido casi inmediatamente hacia San Juan. En Martín Peña topamos con un nacionalista quien nos dijo espontáneamente que hacía sólo minutos lo había visto pasar en dirección de San Juan. Ya más tranquilos seguimos hacia la imprenta Puerto Rico. Si había un lugar en el que podía estar ese era el sitio. No estaba.

Fue en esos momentos que Fran González, nacionalista y dueño de un cafetín cercano llegó a la imprenta comunicándonos que por radio se informaba un motín en la Universidad. Pagán se borró de mi memoria. Pensé en Juarbe que estaba dentro de la universidad. Al ejemplar patriota Buenaventura Rodríguez Lugo, Administrador de la Imprenta, le pedí dinero para fletar un automóvil público, el cual tomamos en la Plaza Baldorioty. Cuando llegamos a Río Piedras la Universidad estaba tomada por la policía. La radio informaba muertos y heridos. Alejandro Ruiz, nacionalista de Río Piedras, nos informó que a Pepito Santiago lo habían matado.

Entramos Agustín Pizarro y yo la Universidad. Lo hicimos sin mayor dificultad porque un policía amigo suyo que había prestado servicio en Barrio Obrero nos franqueó la entrada.

Juarbe y los compañeros de la Federación Nacional de Estudiantes habían hecho fracasar el truco contra Albizu. Pero en esos momentos, cuando la asamblea terminaba comenzaba el mayor peligro. Al salir del viejo paraninfo, Juarbe se avalanzó sobre un guardia: —“Pégame ahora charlatán, tira ahora”.— El guardia, lívido, tartamudeó una excusa. Yo tomé a Juarbe por el brazo:—“¡Vamos!”.

Cuando dejamos a Juarbe camino a Aguas Buenas, Pizarro y yo caminamos hacia la Universidad. Encontramos un detective popularmente conocido por el apodo de “el Jíbaro”, hombre de genio apacible y mucha experiencia que siempre —¡aún en las escalinatas de el Capitolio, la noche tumultuoria del 16 de abril de 1932!1– nos había tratado con afecto. Fue él quien nos dijo que los cadáveres de los nacionalistas estaban en el sótano del hospital de Río Piedras. Añadió que estaría allí dentro de un cuarto de hora más o menos. Entramos al negocio de Pepe Noya. Fue él que nos aseguró que Pagán había muerto. Fuimos al hospital. “El Jíbaro” cumplió su palabra. Estaba allí y nos dejó ver los cadáveres. Reconocimos a Pagán, a Pepito, a Rodríguez Vega. Ni Agustín ni yo conocíamos a Don Pedro Quiñones. La vista de nuestros compañeros asesinados, sus cuerpos tirados en el piso, frescas las huellas de la violencia que les produjera la muerte, hizo en nosotros dos el mismo efecto. ¡Salimos de allí hirviendo en cólera!

Nuestra ira subió de punto cuando supimos que Pagán, Rodríguez Vega y Dionisio Pearson, (único sobreviviente gravemente herido) ocupantes del mismo automóvil que conducía Pagán, habían sido abaleados dentro del automóvil, sin la mínima oportunidad de defenderse. Y aunque a Pagán, muerto, con la cabeza caída sobre la rueda de guiar, un policía apellidado Colón, le levantó la cabeza, y haciéndolo, le descargó un balazo en el ojo.

El sitio exacto en donde estos compañeros fueron asesinados es la calle Brumbaugh de Río Piedras casi a mitad entre de Diego y Arzuaga. Su automóvil se dirigía hacia Arzuaga.

He demorado sobre estos recuerdos, imborrables, para que se entienda el estado de ánimo en que, nutrido por estos hechos, se encontraba Albizu al despedir el duelo de nuestros mártires de Río Piedras. Y no sólo él, sino los miles de asistentes al entierro, y Puerto Rico en general. Fue allí que Albizu, tras media hora de oratoria furiosa, juramentó a los presentes a que aquél crimen no quedaría impune.

No quedó. El 23 de febrero de 1936, Elías Beauchamp minutos después que Hiram Rosado lo intentó sin lograrlo, ejecutó revolucionariamente al Coronel E. Francis Riggs.

Beauchamp y Rosado fueron detenidos y asesinados en el Cuartel General de la Policía.

En el mismo cementerio El Seboruco en donde tres meses antes había despedido el duelo de los mártires de Río Piedras, Albizu despidió el de Beauchamp y Rosado. Es uno de sus discursos más hermosos y de los mejor conocidos aunque desgraciadamente su texto completo se perdió. Es inolvidable por el aire majestuoso con que la palabra discurre por el ámbito cristalino de una transparente serenidad; por su contenido de honda meditación dicha en público; por su lenguaje casi bíblico, por su famosa, espontánea parafrásis a un salmo de David.

—“ Puerto Rico ha cumplido su juramento”—

Con esas palabras empieza y acaba ese discurso con que Albizu despide sobre su tumba a nuestros dos héroes.Albizu tenía todas la razones ya dichas para su furia cuando la matanza de Río Piedras. Pero desde el mismo día en que ocurrió, hasta siempre que volvimos sobre el tema, Albizu expresó con profundo sentimiento que Pagán había deliberadamente desafiado la muerte entrampado por la calumnia de que pudiera haber estado envuelto en una conspiración para asesinarlo. En una palabra, Pagán fue a Río Piedras para probar su lealtad a Albizu Campos. Y además de su emoción patriótica, Albizu sintió siempre hacia Beauchamp y Rosado un hondo sentimiento de gratitud personal.

Pero eso no es lo importante, desde un punto de vista político y revolucionario. Puesto que él sabía bien que a Beauchamp y a Rosado no los movieron sentimientos personales sino un entrañabale sentido de rectitud patriótica y de honor revolucionario. Por eso empezó y terminó su oración fúnebre con las palabras citadas: —“Puerto Rico ha cumplido su juramento”. — Con la acción de Beauchamp y Rosado el Puerto Rico que Albizu llevó en su conciencia se alzó a nueva altura. Un pueblo, como un hombre, no debe faltar a su palabra empeñada, a un juramento. Así pensaba Albizu Campos.

De modo que no vio en el 23 de febrero de 1936 sino la fecha memorable de un acontecimiento moral.

¿ Por qué no previmos el momento en que pudiese ocurrir el ajusticiamiento de Riggs? ¿Por qué no vimos que un acontecimiento de tal magnitud no podía quedarse sin futuro y que ese futuro era el que había que discutir al enemigo?

Aquella mañana de domingo, el general Winship andaba de fiesta por El Yunque. El jefe del ejército, coronel Cole, se encerró en Casa Blanca, la policía no sabía qué hacer. Los jefes se encerraron con sus prisioneros a esperar órdenes teléfonicas en el Cuartel General. Venticinco hombres regularmente armados habríamos tomado Fortaleza. Dudo que la resistenicia pasara de tres descargas. Otros tanto habrían capturado a Winship, duro en el mandar, pero su conducta en Ponce indica que su valor personal era mucho menos que su ceño. La sensibilidad de los pueblos hispanoamericanos no había sido sacudida aún por la Guerra Civil de España. Un golpe de mano de esa índole en Puerto Rico, por sólo su audacia, por lo inesperado, habría galvanizado a una América que aún sentía arder en su conciencia la sangre de Sandino.

¿ Qué fenómeno nos detuvo?

La respuesta está al caerse. Llana, simplemente, imprevisión. Una imprevisión que a solas tiene por excusa la conciencia de no lanzar el país a una guerra para la cual el partido que debía organizarla y dirigirla no estaba materialmente preparado. Quiérese decir, que su líder no pensó en lanzar a sus hombres a enfrentar desarmados al ejército de Estados Unidos. Y todos nuestros esfuerzos por armarnos habían fracasado.

Lo demás es bastante conocido. Está en la prensa contemporánea y lo he relatado en varias ocasiones. El 31 de marzo expide la Fiscalía Federal el famoso auto de Subpoena Duces Tecum. El 2 de abril soy internado en La Princesa. El 4 de abril el Gran Jurado encuentra causa probable de acción contra Albizu Campos, contra mí mismo, y contra Luis F. Velázquez, su hijo Julio F. Velázquez, Juan Gallardo Santiago, Erasmo Velázquez y Olmedo, Clemente Soto Vélez y Pablo Rosado Ortiz. Juarbe es exonerado y Rafael Ortiz Pacheco ha huido del país. Enterado confidencialmente por un amigo de la orden de arresto escapó sin siquiera informar a su maestro, líder y “compadre”. Anduvo errante por algunos países latinoamericanos, en los que son bien recibidos los valientes, no los desertores. Volvió luego al país amparado por el Fiscal Snyder quien archivó su caso. Fue ingresado en la judicatura colonial por Tugwell y hace algunos años se jubiló como Juez del Tribunal Superior en Ponce.

En agosto todos los encausados somos sentenciados a largas condenas de presidio a ser cumplidas en Atlanta, Georgia. El 7 de junio de 1937 somos trasladados a dicho presidio. El Nacionalismo ha sido descabezado y el independentismo, deprimido, corre a echarse en brazos de Muñoz Marín. En sus destructores empeños coloniales el imperialismo se había hecho de una larga tregua. De los embates de 1930 a 1938 se volvería al shadow boxing de 1900-1930.

Con toda la evidencia exterior parece tener razón el inteligente amigo que propone, como tesis aceptable, que la ejecución de Riggs entrampó a la independencia de manera que el imperialismo, al que Albizu había puesto fuera de nuestro fortín, pasó de un salto por encima de nuestros fuegos y se colocó dentro. Este es el sentido que le da al nombramiento de Enrique de Orbeta como substituto de Riggs en la jefatura constabularia. Con ese relleno de carne boricua en el vacío policial el imperialismo reactiva todas las esperanzas autonomistas tradicionales en la política del país. Se atrinchera en ellas durante treinta años. Es una nueva estabilización del régimen, comparable a la de 1900.

La premisa así planteada estaría incompleta si se pasase por alto la prisión de Albizu Campos, su liderato tronchado, de una suerte; y de otra el cuadro internacional en el que el drama puertoriqueño encaja.

Cómo se habría de manejar Albizu con la situación creada por la decisión imperialista de pasar puertorriqueños a puestos de mayor disposición pública — jefatura policíaca primero, gobernador de nombramiento después, electo seguido, en el curso casi a exactidud de los diez años que tramitan el regreso de Albizu a la actividad pública, quedarían en lo estrictamente conjeturable.

Pero no puede pasarse por alto que, se manejase Albizu en la forma en que lo hiciese; y se dispusiese el régimen con todos sus recursos de la manera en que se dispusiese, la verdad apabullante de la situación internacional que le es contemporánea habría pesado sobre el destino de Puerto Rico en cuya representación histórica protagonizó Albizu Campos. Esto pinta en colores muy diferentes esa premisa.

No se olvide que nuestro caso en corte está estancado cuando súbitamente el fascismo español se alza en armas contra la República. Al rugido de los cañones que empiezan su desastroso embate en España el interés latinoamericano vuelve sus ojos hacia los campos de batalla. De inmediato, el régimen llama nuestro caso a corte. No solamente la Guerra Civil de España facilita a Estados Unidos disponer de mayor solutra de Puerto Rico si no que además prologa la Segunda Guerra Mundial.

Cómo habría afectado el liderato de Albizu Campos la Guerra Civil de España, a haber estado éste en libre actividad política, no es indispensable asunto para ser tratado aquí. Es imposible pensar, no obstante, que a hombre de su prestigio e influencia, a uno y otro lado del Atlántico, las tremendas fuerzas que debatían a boca de cañon el destino de España no habrían de requerirlo tomar posición.

Cómo lo habría puesto a prueba la Segunda Guerra Mundial es lógicamente presumible.

No es dable imaginarse a Albizu repitiendo en 1940, aún debidamente enmendado, el papel de José de Diego en 1917. La lógica de su conducta, aún su propia racionalización de su participación militar en la Primera Guerra; ni la dialéctica de su propio partido habrían librado a Albizu de encararse definitivamente con Atlanta. Habría encabezado el desfile de directivos nacionalistas hacia presidios y destierro decretado por la Ley de Servicio Militar Obligatorio. Y habría sido para el régimen interventor mil veces más ventajoso por otras tantas razones más justificables dentro de su papel mundial, encarcelarlo como obstructor aparente del esfuerzo militar antifascista, que lo que le fue en 1936 “por conspiración para derrocar por la fuerza el gobierno de Estados Unidos en Puerto Rico, hacer propaganda sediciosa y reclutar soldados para llevar a cabo tal fin”. ¡Encarcelarlo como a un libertador!

Tan poco es presumible pensar que de toda la comedia internacional montada por Roosevelt no tuviese que salir ganancioso el conformismo colonial vestido de autonomismo.
Nada de esto habría justificado que se privara al país de una página históricamente tan significativa como fue la ejecución de Riggs. Ni siquiera —y nadie sabe cuanto cuenta para mí escribir estas palabras— el sacrificio de Beuachamp y Rosado.

ALBIZU y RIGGS
Fue con motivo de la huelga [de los trabajadores de la caña de azúcar, la industria principal de Puerto Rico al momento] de enero de 1934 que Albizu y Riggs hicieron contacto personal a través del ingeniero independentista Félix Benítez Rexach, íntimo amigo de Albizu, y amigo personal también de Riggs. Este último solicitó a Benítez concertarle una entrevista con Albizu. Se llevó a cabo en El Escambrón Beach Club.

El tema de conversación fue la huelga. Habiendo Riggs oído a Albizu admitió la justicia de las demandas obreras. Las llamó modestas. Añadió que recomendaría a la Asociación de Productores de Azúcar aceptar las “modestas” peticiones de los trabajadores. Efectivamente, apenas trasncurrieron horas de terminada la entrevista cuando los patronos transigieron.

Se ha dicho y se ha escrito que en la entrevista Riggs aceptó la legitimidad y justicia de la aspiración independentista, nada raro pues ésa ha sido la posición oficial hipócrita de su gobierno. Además, que ofreció a Albizu cuantiosa suma de dinero como cooperación a su lucha. A lo que Albizu finamente declinó.

Eso era parte del trabajo de Riggs. Pero Riggs conocía a Albizu de sobra (si no personalmente por haberlo oído en la tribuna y observado en su trayectoria política) y sobre todo por tener a su disposición del dozier que tanto el ejército como el Departamento de Estado norteamericanos mantuvieron a Albizu desde 1917. La vulgaridad de su trabajo de espionaje incluía el de sobornador. Pero su educación y el trato de gente en el que tenía larga y variada experiencia tuvieron que hacerle comprender que el dinero no era elemento para detener el paso patriótico de Albizu. Difícil es para quien conoció a Albizu imaginar a Albizu declinando finamente un intento de soborno.

Los tejedores de esta leyenda hacen poco favor a Albizu. El intento de soborno presupone flaqueza en aquél a quien se la hace la oferta.

La historieta no pasa de ser eso: una historieta.

La segunda y última vez que Albizu y Riggs departieron fue en ocasión de una asamblea de los colonos de caña celebrada en el hoy Teatro Tapia. Albizu había sido inivitado a hablar y Riggs no perdería la oportunidad de observar directamente los efectos del contacto entre los colonos de caña y Albizu. Durante acaso media hora hablaron sobre generalidades, sentados en el escenario, antes de comenzar el acto. La entevista fue cortés y afable. Lo único desentonante fue posiblemente mi malacrianza.

He recordado muchas veces aquella media hora. Doy testimonio de que entre ambos hombres no había antipatía personal.

Cierro este capítulo con una nota muy particular.

Albizu no ordenó la ejecución de Riggs ni participó en la conspiración para llevarla a cabo. Hizo su discurso, tomó el juramento y esperó. Un día en diciembre le advertí la posible inmediatez del acto. No hizo comentario. Volví a advertirle en enero. Un poco enfadado me dijo: —“No quiero volver a oirlo”.

Aclararé por qué hago esta afirmación.

Si la ejecución de Riggs llegase a resultar con prueba irrefutable, cosa en la cual no creo, un error fatal para la lucha por la independencia, la responsabilidad de sus gestores sería verdaderamente enorme.

Había ciertamente, tras este acto, seis años de agitación revolucionaria albizuísta. De actividades revolucionarias también.
La enérgica dramaticidad del discurso pronunciado por Albizu en el cementerio El Seboruco, lo señala también como inductor del drama patriótico del 23 de febrero de 1936.

Pero el ámbito que llevara hasta el histórico suceso queda incompleto sin la constante jactancia, arrogancia y bravuconería de Riggs. La única explicación posible para tal conducta en hombre de su carrera es la intención de envalentonar a sus hombres, creando un espíritu de cuerpo contra los nacionalistas. El olímpico desdén de Riggs por el pueblo colonizado lo llevó a una subestimación suicida de la capacidad de decisión en los puertorriqueños. Creo que Riggs no hizo objeto a Albizu de ese desprecio ni de esa subestimación. Había sido informado sobre él por quienes formaron su inteligencia, dinamizaron su voluntad y tuvieron a su disposición tiempo bastante para resumir sus observaciones. Albizu, pudo pensar Riggs, era la excepción que prueba la regla. Pero jamás pensó que tuviera a su disposición el elemento humano capaz de asimilar volitivamente su mensaje. Posiblemente creyó que la formación misma de Albizu, universitaria y militar, le prohibía todo aventurismo. Pensó que jamás se dispondría a actuar sin contar previamente con la organización necesaria y sin los medios materiales correspondientes. Creyó del mismo modo que la sincera, apasionada elocución de Albizu en El Seboruco, se disolvería en la atonía colonial de sus oyentes. Jamás pensó que en el silencio con que se oyó a Albizu implorar el juramento de la dignidad patriótica ofendida, estaban quienes, antes ya de aquel momento, lo condenaron a muerte.

En descargo de Riggs puede decirse que su juicio no era único. Era el juicio mismo de su gobierno cuando decidió apoderarse de Puerto Rico. Así lo revelan las instrucciones secretas dadas al General Miles en febrero de 1898. Así lo declara bestialmente Cooldige en su libro poco después.(1)

Desgraciadamente hay más. Su gobierno había asesinado a Sandino sin que un brazo latinoamericano nivelara una pistola sobre Wáshington. ¿Estaba el espíritu hispanoamericano herido de atonía colonial?

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“Visita de Capó”
Finalizando esta nauseabunda fluoroscopía del presente colaboracionismo al servicio del gobierno yanqui, me viene a la memoria un recuerdo que oportunamente hice público, con el principal propósito de alertar a algunos de los que todavía creían para aquel entonces en las posibilidades de independizar a Puerto Rico en las urnas, y para información de nuestro pueblo en general. He aquí aquel recuerdo.

En septiembre de 1939, una tarde de domingo, recibimos los que entonces estábamos presos en Atlanta, la visita de un funcionario del gobierno yanqui. Según sus credenciales y sus palabras, había venido a vernos en misión de “su” gobierno. Puertorriqueño residente en Wáshington desde sus años de estudiante de abogacía, allí había residido y casado desde principios de siglo, y desde entonces servía a “su” gobierno en el Departamento de Estado o en el de Justicia. Su nombre es Pedro Capó Rodríguez. Nos dijo que traía instrucciones de “su” gobierno de reconocer que Estados Unidos estaba inevitablemente enfilado hacia una guerra, y reconocía lealmente que no podía enfrentarse a las responsabilidades de una guerra mundial sin la “solidaridad hemisférica”. Y que la tal “solidaridad hemisférica” tenía un obstáculo en su camino: los errores “involuntarios” cometidos por Estados Unidos en Puerto Rico. El peor de esos errores, decía él, era nuestro encarcelamiento. El gobierno, seguía diciendo, reconocía que no era aquella prisión nuestro sitio, sino Puerto Rico, en donde debíamos ocupar las posiciones de bien público que mejor que ningunos otros puertorriqueños merecíamos. Y él tenía autoridad de “su” gobierno para asegurarnos que el gobierno estaba dispuesto a ponernos pronta, inmediatamente en Puerto Rico “sanos y salvos como entraron en Atlanta”. Además, el gobierno hacía solemne promesa de “garantizar unas elecciones libres”, para que el Partido Nacionalista ganara las elecciones de 1940, substituyendo al desacreditado General Winship con “una figura prestigiosa” que devolviera al gobierno el prestigio “perdido”. Y se comprometía además el gobierno a extender a Puerto Rico “una autonomía tan amplia, tan amplia, como que equivaldría a una independencia sin bandera”. Para ganar nuestra inmediata excarcelación, nuestro regreso inmediato a Puerto Rico; para ganar las posiciones públicas “que mejor que ningún otro puertorriqueño merecíamos”; para tener unas “elecciones libres que el Partido Nacionalista pudiera ganar”; y “una autonomía tan amplia, tan amplia, que equivaldría a una independencia sin bandera”, lo único, lo único que nosotros teníamos que hacer—nosotros, pobres presos en tierra enemiga, a miles de millas de nuestra patria—lo único sería declarar que “la independencia no está en issue” y pedir a nuestros amigos en América Latina que suspendieran la intensa campaña pro independencia de Puerto Rico que en aquellos tiempos agitaba a todo el continente hispanoparlante.

Me dijo Albizu Campos que le diera al Dr. Capó mi parecer. Y mi parecer fue que aquella era una proposición indigna, que sólo la independencia de mi patria podía resolver la cuestión pendiente entre Estados Unidos y Puerto Rico; que en las letrinas de Atlanta estábamos sirviendo al país, y que si Estados Unidos reconocía plenamente la independencia de Puerto Rico, yo, personalmente, propondría la disolución del Partido Nacionalista y me iría a vivir a mi pueblo natal de Ciales, y no saldría de allí ni para visitar al pueblo más cercano. Dije otras cosas más. Posteriormente Albizu Campos, en el patio de Atlanta, al felicitarnos a todos, a mí, en aparte, me recriminó la innecesaria virulencia de mi actitud. Y yo me acordaba de lo que dicen en mi nativa montaña frontoneña: ¡genio y figura hasta la sepultura! Todos los que estábamos presos en Atlanta asumieron igual posición patriótica. Fueron ellos, además de Albizu Campos y el que esto escribe: Clemente Soto Vélez, Juan Gallardo Santiago, Luis F. Velázquez, Pablo Rosado Ortiz, Julio Héctor Velázquez y Erasmo Velázquez.
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Poco después apareció en escena otra declamadora, dominicana esta vez, Maricusa Ornes, quién primeramente recitó individualmente dos décimas de El Leñero que Luis Hernández Aquino y Balbuena Briones incluyeron en su Antología Puertorriqueña. Años más tardes Maricusa Ornes montó en el Teatro Tapia, con inspirada coreografía de Gilda Navarra, el “Oubao Moin”.

Salto atrás para referirme a los discípulos de Georgina de Uriarte. Sánchez siguió rumbo a la dramaturgia, y Naida Dávila se convirtió en una de las eminentes declamadoras y actrices puertorriqueñas. En su repertorio poemático ha incluido alguna poesía mía. David Ortiz es uno de nuestros primeros actores y es poeta y declamador. Su voz compite con la de Antonio Torres Martinó, primero entre los declamadores en llevar mi poesía a la radio, con Iris Martínez disputándole la amistosa prioridad. Ortiz, no solamente ha recitado mi poesía. Ha sido consistentemente su recitador. Falta, en ese ciclo, Miguel Ángel Suárez, actor teatral y cinematrográfico, y recitador de primera categoría. Suárez ha sido el gran populizador de “Distancias” y “Perfil del Ser”, uno de los cantos de La Alabanza en la torre de Ciales. Miguel Ángel ha recitado ante multitudinarias concentraciones independentistas, las amorosas cadencias carcelarias de “Distancias” y el esperanzador, combatiente y definidor canto versicular del “Perfil del Ser”: Ha tenido siempre un animador anónimo en Enrique Ayoroa Santalíz, mi amigo, hijo, sobrino y nieta de amigos míos muy entrañados. Hay casos en que la consaguineidad cobra sentido.

Anda de por medio en todo esto sonriente episodio. Allá para la primera mitad de los años sesentas recorría Europa en pie un par de turistas de la cultura, sin más tesoro que el buen deseo de ir "por tierras de andar y ver". Algunas de éstas fueron Italia y Francia. No tenían plata y se inventaron una manera ingeniosa para mantener juntos piel y hueso. Y a públicos italianos y franceses, en placitas de aldea y rincones arrabaleros, ensayaron montarles un espectáculo de recitaciones de versos en que, por lo menos, la fluida sonoridad de las estrofas tocaran el sentido acústico de sus oyentes... ¡y su corazón comprensivo! ¡Los italianos y franceses de la post-guerra saben muy bien lo que es hambre! Pues el único libro de poesía que tuvieron a manos fue El Leñero. Y por aquellas tierras hizo de las suyas mi decimario dedicado a cantar el Grito de Lares. ¡Viva la décima! ¿Y el nombre de esos líricos turistas? Jaime Ruiz Escobar y Pedrito Santaliz. Poco después el último se embarcó en Nueva York en la hazaña de montar completa, por primera vez, La Alabanza en la torre de Ciales.
Lamento no incluir el retrato de estos buenos amigos en el álbum que incluyo en este cuaderno. Será en el próximo.

Ya va la poesía a encontrarse con su hermana gemela. En ese mismo instantes "Teatro de Guerrillas" les sirve de enlace. Compositores y cantantes recogen mis versos y los llevan a donde ellos pueden. ¡Ah ese tremendo poderío de cinco líneas y cuatro espacios!

Encuentro con la música
Unas palabras que Olga Nolla puso como introducción a la entrevista que me hicieran para El Nuevo Día (sábado 14 de febrero de 1976), me parecen adecuadas para comenzar esta nota. Dicen así:

“ Aunque hace más de una década qua Juan Antonio Corretjer viene inspirando a las jóvenes generaciones de escritores puertorriqueños, durante el año que acaba de transcurrir su poesía ha alcanzado una popularidad poco común en nuestro ambiente cultural. Su difusión va más allá de los limitados círculos intelectuales y promete continuar su ascenso. Esto se debe fundamentalmente a la actividad de grupos como Instarte, que han musicalizado poemas suyos, a la representación en forma de poesía coreada que hiciera hace algunos meses un grupo universitario en el Teatro Myrna Vázquez, (se refiere al Teatro de Guerrilla, –jac.) y, más recientemente, al uso de sus coplas y hasta prosa que hiciera Haciendo punto en otro son en La Tea y el Sylvia Rexach”.

Un elemento sentido de justicia y personal gratitud me obliga placenteramente a ampliar esta información.

La musicalización de mi poesía la inició Héctor Campos Parsi en la segunda mitad de la década de los cincuentas, al poner música a dos sonetos XIX (“Soneto insomne”) y XV (“En la luz”); y a la Primera Estrofa de Tercer Canto de “Los Primeros Años”. La soprano portuguesa María Justina de Aldrey los cantó por vez primera en el Ateneo; y muy pronto, María Esther Robles, quién además, la grabó para el Instituto de Cultura Puertorriqueña, en la colección Canción de Arte, con el título de Tres Poemas de Juan Antonio Corretjer, en 1962. Agradezco a compositor e intérprete estimar mi poesía para fijar la canción de arte como modalidad de la música moderna puertorriqueña.

La estilizada música de Campos Parsí limita sin embargo el público al que llega el disco. Será algunos años después que Instarte, (Taller Folklórico Puertorriqueño) recoge los disparates trovados de Yerba Bruja, y la popularización de mis versos llega musicalmente a las plazas y los clubes culturales de los pueblos. Joaquín Collazo y Brunilda García combinan en mis poemas el canto y la recitación. En abril de 1971 montan por primera vez en el Ateneo Puertorriqueño, “Distancias”. No pude oirlos, pues dos días después comenzaba el largo proceso político a que se nos sometió en el Tribunal Supremo de Ponce, que concluíría a fines de junio con mi reclusión (junto a otros camaradas de la Liga Socialista Puertorriqueña) en el Castillo de Ponce. (1) Consuelo tuvo el gusto que yo no tuve: conmoverse con el excelente presentación de su Distancia, grato prólogo a su enjuiciamiento y prisión.

Más tarde ocurre en rápido desenvolvimiento el fenómeno señalado por Olga Nolla, que produjo el para nosotros emocionalmente y para los artistas participantes clamorosos triunfo, (Haciendo Punto en otro Son, con Silverio Pérez y Toni Croato a la cabeza; Roy Brown, Teatro de Guerrilla, Conjunto Trapiche, de José Nogueras, La Rueda Roja (2) presentado en el Anfiteatro del Conservatorio de Música.

Un dato curioso. El primero en poner música a mi canción de protesta no fue un músico de oficio, sino un perito en Derecho Internacional: Michael Goudreau. A pedido que le hiciera Carmen Vázquez Arce para una función universitaria Goudreau hizo la música de “Desahogo”. La música es muy hermosa.

En modesta prueba de agradecimiento incluyo en esta edición retratos de estas agrupaciones de jóvenes músicos y cantantes que tan generosamente han acogido mis poemas. No puedo sino pensar en ellos al llevar a la prensa éste libro.

Ellos han llevado mi poesía adonde nació: el corazón de Puerto Rico.
(1) Debo aclarar. Fuimos sentenciados a muchos años de presidio y encarcelados inmediatamente, tras la negación del tribunal a señalarnos fianza. Todos los cargos fueron de violación a la fascista Ley de Armas vigente en Puerto Rico. Las sentencias se produjeron con el testimonio único de un chota. Cuarentiséis días después el tribunal Supremo fijó fianza. Todos los acusados salimos en libertad provisional, mientras este último tribunal revisa el caso en alzada. Ese es nuestro status legal a la hora en que este libro va a prensa.

(2) Lo que narro a continuación es algo realmente muy estimulante. En La Pulga, obra que se destacó en el festival de Teatro de 1976, montada por La Rueda Roja (María carrera, Fernando Aguilú, y otros), se cantó mi “Canción de cuna”, escrita en la cárcel de La Princesa en 1936, publicada en el semanario La Acción por aquél entonces. Y sepultada en el silencio. Treintisiete años después Ramón Felipe Medina la resucitó en su Antología Día antes. Y en La Rueda Roja, cuarenta años después de escrita y publicada, encontró la preciosa voz de "Nena", que la cantó en el Silvia Rexach, y en Nueva York, Boston, Caracas.


Notas finales
(1) El Típico sobre San Juan cuya primera parte corresponde a tres cuadros del pintor José Campeche (1752-1809) sale ilustrado con reproducciones de los mismos, por cortesía del Instituto de Cultura Puertorriqueño, (especial gentileza de su Sub-director Dr. José Ramón de la Torre). En la décima "dama a caballo", del mismo título del cuadro correspondiente, me tomo la licencia poética de, sin abandonarlo, revivir otro, perdido, según lo describe Alejandro Tapia en su primer intento de catálogo campechano en 1862. Recuérdese que Tapia fue autor de una “Vida del Pintor Campeche” (1855), “obra de primera importancia para el estudioso, tanto por lo que dice como por lo que sugiere”, criterio expresado por Arturo Dávila en el Prólogo al Catálogo de las obras de Campeche publicado por el Instituto de Cultura Puertorriqueño en 1971, pág. 15. Sugiero que se lean las notas al frente de la “Dama a caballo”, (pintado en 1892) en las págs. 24 y 25 de la citada obra de Dávila.

Mayor licencia me he tomado al versar el retrato de Doña María de los Dolores Martínez de Caravajal (pintado en 1792) a la que deliberadamente confundo con Mercedes Barbudo, la emocionante conspiradora patriótica de principios del siglo XIX. Sin retrato que nos de fe de su figura, uso la interrogante, basándome en la identidad clasista de ambas puertorriqueñas.

En el “Tres Veces Tres” (trío final de San Juan) trovo hechos ocurridos el día en que tomó posesión el gabinete autonómico en 1898. Ese día salen por primera vez a las calles de San Juan, en retadoras manos obreras, la bandera puertorriqueña, y la bandera roja. La policía ataca a la Manifestación. (Así se llamó hasta hace unos 15 años, a lo que hoy se denomina, demostraciones, marchas, etc.) Desafiantemente, los obreros se atricheran en el Teatro Municipal, hoy Tapia. Se pronunciaron discursos en los que se habla a favor de la independencia y el socialismo. (ver Iglesias, Luchas emancipadoras, Tomo I: Cruz Monclova, Historia de Puerto Rico en el siglo XIX, Tomo III; y mi libro, La Lucha por la independencia). Me regusto uniendo los nombres de la heroina de la Comuna de París con el de Luisa Capetillo.

Y a propósito de Luisa Capetillo. Recuerdo, siendo yo muy niño, cómo republicanos y unionistas, por igual, la llamaban, despectivamente, "Luisa revolú". ¡Insensatos! Ofenden quién puede, no quien quiere. Lo que se pretendió insulto resulta panegírico. ¡Luisa revolú! ¡Qué título para una biografía! ¡Mejor! ¡Para una novela histórica!

" Estado de Sitio" compara la situación dos veces vivida por la población ponceña con la que en Montevideo describe la película de ese título. Realza la figura de Angel Esteban Antongiorgi, héroe nacionalista que el 25 de julio de 1938 evitó, al morir matando, que el general Blanton Winship llevara a cabo su propósito de mancillar la sangre de los masacrados por sus órdenes el 21 de marzo de 1937. La ola de terror se desató sobre Ponce cuando las fuerzas represivas supieron que solamente un hombre las puso en ridículo. Tal y como se dice en el poema, el cadáver cosido a balazos de Antongiorgi, fue lanzado a un carro de la basura. Apesar de que fueron reclamados por su madre y su partido les fueron negados.
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